Anoche volví a volar. No era la primera vez. Tengo sueños así desde que era adolescente: despego, avanzo por el aire y siento que puedo moverme de una manera imposible mientras estoy despierto. Pero hay un detalle que se repite: poder volar no significa necesariamente poder controlar el vuelo.
En esta ocasión ocurrió algo todavía más extraño. Había salido desde un lugar conocido y después no conseguía regresar a ese punto. Quería elevarme más y no podía. Luego sucedió exactamente lo contrario: comencé a subir incluso más de lo que deseaba y aquello terminó provocándome inquietud.
Cuando desperté no estaba angustiado. El sueño no alteró mi día. Pero me dejó una pregunta: ¿por qué soñamos cosas así?
No existe un diccionario médico para interpretar los sueños
Una búsqueda rápida en internet puede ofrecer respuestas muy seductoras: volar significaría libertad, ambición, deseos de escapar o necesidad de superar obstáculos.
El problema es que la medicina del sueño no funciona de esa manera.
No existe evidencia científica que permita establecer que una imagen concreta —volar, caer, perder los dientes o cualquier otra— tenga un significado psicológico universal.
De hecho, todavía desconocemos por qué soñamos exactamente. El Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de Estados Unidos (NICHD) explica que durante el sueño REM se producen muchos sueños y participan regiones cerebrales vinculadas con el aprendizaje, la memoria y el procesamiento de información, aunque los mecanismos precisos continúan sin comprenderse por completo.
Los sueños tampoco pertenecen exclusivamente al sueño REM. Pueden aparecer durante otras fases, aunque los registrados tras despertar de REM suelen ser más largos, vívidos, narrativos y extraños.
Mis responsabilidades también pudieron entrar al sueño
Fue aquí donde mi experiencia comenzó a resultarme más interesante.
Poco antes de ese sueño había comenzado un nuevo empleo. Con él llegó una responsabilidad particular: existen resultados que se miden diariamente y los que estaba obteniendo todavía no eran los esperados.
No sabía cuánto dependía de mi desempeño y cuánto podía estar relacionado con factores que todavía no controlaba. Incluso esperaba una herramienta de trabajo que había solicitado y que aún no tenía.
Eso no demuestra que esa fuera la causa de mi sueño de volar.
Pero existe una conexión científicamente mucho más defendible que interpretar literalmente cada imagen del sueño.
Las experiencias emocionales de nuestra vida despierta pueden afectar nuestros patrones de sueño y también aparecer en el contenido y las emociones de los sueños. Una revisión científica sobre sueño y regulación emocional concluyó que los acontecimientos cotidianos y el estrés emocional pueden influir tanto en la fisiología del sueño como en aquello que soñamos.
Es decir: la ciencia no puede decirme que “no conseguir altura significa que no estoy alcanzando mis metas”.
Pero sí permite considerar algo mucho menos literal: las preocupaciones, emociones y experiencias que vivimos despiertos pueden continuar formando parte de nuestra actividad mental mientras dormimos.
¿Los sueños nos ayudan a procesar emociones?
Aquí la respuesta científica todavía no está cerrada.
Una de las hipótesis propone que soñar participa de alguna manera en el procesamiento de experiencias emocionalmente relevantes. Existen investigaciones que relacionan el sueño REM con la memoria emocional y con circuitos cerebrales implicados en las emociones.
Sin embargo, trabajos recientes advierten contra presentar esa idea como un hecho definitivamente demostrado.
Una revisión publicada en 2026 plantea precisamente ese debate: quizá los sueños participen activamente en la regulación emocional, pero también es posible que buena parte de su contenido simplemente refleje la continuidad de las preocupaciones y emociones que experimentamos cuando estamos despiertos.
Otro estudio publicado este año encontró evidencia de esa continuidad entre las emociones experimentadas durante los sueños y el estado afectivo posterior al despertar, aunque sus resultados también muestran que esa relación es compleja y no puede reducirse a interpretaciones sencillas.
Sueños de volar: entonces, ¿qué significa el mío?
Probablemente la respuesta más rigurosa sea también la menos espectacular:
no puedo saberlo.
Puedo reconocer coincidencias entre lo que estaba viviendo y aquello que soñé. En mi vida despierto había una responsabilidad nueva, resultados que quería alcanzar y variables que todavía no controlaba. En mi sueño podía volar, pero tampoco conseguía controlar siempre la altura ni regresar al lugar que quería.
La asociación resulta tentadora.
Pero sería incorrecto convertirla en un diagnóstico.
Lo que sí sabemos es que el cerebro no se desconecta emocionalmente cuando dormimos. Sueño, memoria y emociones mantienen una relación estrecha, y aquello que vivimos durante el día puede reaparecer transformado cuando soñamos.
Y quizá esa diferencia sea importante.
No necesito creer que mi cerebro me estaba enviando un mensaje secreto.
Tal vez estaba haciendo algo mucho más fascinante: seguir trabajando mientras yo dormía.