El espíritu navideño tiene un límite, y para Alfredo Larin, ese límite tiene forma de hoja de huerta. En su más reciente y desternillante video, el creador de contenido salvadoreño mostró el “viacrucis” que viven muchas familias después del 31 de diciembre: el infinito recalentado. Lo que empezó como una cena festiva terminó convirtiéndose en una pesadilla donde el tamal es el protagonista absoluto de cada tiempo de comida.
Con su característico humor, Larin cuestiona a su madre sobre el menú del día, solo para recibir la misma respuesta una y otra vez: “¡Tamales, Larin! ¿No ves que estoy recalentando los que sobraron anoche?”. La situación escala rápidamente a niveles absurdos cuando el influencer descubre que el alimento no solo está en el plato, sino que ha invadido su refrigerador, su cama e incluso el botiquín de medicinas, donde esperaba encontrar alivio y solo halló más masa y recaudo.
El tamal que no da tregua
Editorialmente, Larin logra retratar con maestría esa mezcla de hartazgo y resignación que surge cuando la economía familiar dicta que “aquí no se desperdicia nada”. La interpretación visual de encontrar tamales hasta en las almohadas es un guiño picoso a la exageración cómica que tanto éxito le da en redes, conectando con el sentimiento universal de estar “empachado” después de las fiestas de fin de año.
La reacción social no se ha hecho esperar, pues el video captura un momento con el que todo salvadoreño se identifica: el punto en que el cuerpo dice “basta”. La crisis llega a su clímax cuando Alfredo, con evidente malestar estomacal, huye al baño solo para ser perseguido por su madre, quien, plato en mano, le ofrece una última porción. Es la representación máxima de la hospitalidad materna llevada al extremo del acoso gastronómico.
“¡Ya no quiero tamales, Mamay! Siento como que voy a parir un tamal”, exclama Larin en una de las frases más memorables del clip. La desesperación es tal que incluso prefiere aventurarse a “ver qué encuentra en la calle” antes de dar un solo bocado más al menú casero. La escena final en el baño, con Larin exigiendo privacidad mientras lidia con las consecuencias de la gula, cierra con broche de oro esta sátira decembrina.
Sin duda, Alfredo Larin sabe cómo transformar una situación cotidiana en un contenido altamente enganchador y divertido. Entre gritos, portazos y hojas de tamal volando por doquier, nos recuerda que, aunque el tamal es el rey de la mesa salvadoreña, hasta el rey puede terminar cansando si se queda a vivir en el desayuno, almuerzo y cena. ¡A beber mucha manzanilla, Larin!