No necesito despertador. Abro los ojos en plena madrugada, tomo el teléfono o miro el reloj y encuentro una hora que se ha vuelto demasiado familiar: 3:11, 3:20, 3:27, 3:33 de la mañana.
No ocurre todas las noches. Tampoco puedo decir que pase después de largos períodos sin repetirse. Sucede con suficiente frecuencia como para haber empezado a llamarme la atención.
Tengo 51 años. Soy periodista y actualmente dirijo editorialmente Publimetro El Salvador, un trabajo al que regresé después de un año fuera. Mi jornada no consiste únicamente en decidir qué noticia publicar. Hay procesos que mejorar, métricas que revisar, decisiones de audiencia, coordinación con ventas y marketing y, de fondo, la necesidad permanente de entender hacia dónde va el país y hacia dónde debe ir el medio.
También tengo un proyecto propio que decidí pausar editorialmente mientras concentro mi energía en esta etapa profesional. Sé que esa pausa no será para siempre.
Intento compensarlo.
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Despertarse durante la noche no es necesariamente anormal
La primera respuesta de la ciencia resulta bastante menos misteriosa.
Dormir no significa permanecer ocho horas consecutivas en un único estado de inconsciencia. A lo largo de la noche atravesamos repetidamente diferentes etapas de sueño, incluidas fases REM y no REM.
Los despertares breves pueden formar parte de una noche normal y no necesariamente indican una enfermedad.
El Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de Estados Unidos, parte de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), explica que una persona puede despertar varias veces durante la noche. El problema adquiere mayor importancia cuando cuesta volver a dormir, el descanso resulta insuficiente o aparecen consecuencias durante el día, como cansancio, somnolencia o dificultades para concentrarse.
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A los 51 años mi sueño tampoco es el mismo de los 20
Este punto me pareció especialmente interesante.
Uno tiende a pensar en envejecimiento del sueño cuando habla de personas mucho mayores. Sin embargo, la investigación muestra que parte de las modificaciones de nuestra arquitectura del sueño comienzan antes.
Una revisión científica sobre envejecimiento normal encontró que, con la edad, aumentan los despertares nocturnos y el tiempo que permanecemos despiertos durante la noche, mientras disminuye el sueño profundo. Los autores señalan que muchos de esos cambios ocurren precisamente entre la adultez joven y la mediana edad.
A mis 51 años, por tanto, despertarme ocasionalmente durante la noche no sería por sí mismo algo extraordinario.
Eso todavía no explica las 3:11.
Pero comienza a quitarle misterio.
Madrugada: ¿por qué siempre miro el reloj?
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Aquí encontré quizá el detalle más curioso de mi propia conducta.
Cuando despierto, una de las primeras cosas que hago es comprobar la hora.
Por eso sé que fueron las 3:11.
O las 3:22.
O las 3:33.
Pero existe investigación específica sobre algo aparentemente tan inocente como mirar el reloj durante la noche.
En medicina del sueño se ha estudiado el llamado clock-watching o monitoreo nocturno del tiempo. Un experimento encontró que las personas instruidas para vigilar el reloj mientras intentaban dormir reportaron mayor preocupación y tardaron más en conciliar el sueño que quienes no lo hacían.
Otro estudio realizado en pacientes de un centro de medicina del sueño encontró una relación entre vigilar repetidamente la hora, frustrarse por no dormir y la intensidad de los síntomas de insomnio.
Es una paradoja interesante.
Miro el reloj porque me desperté.
Pero mirar el reloj también puede hacer que ese despertar cobre una importancia que quizá originalmente no tenía.
“Ya son las 3:20”.
“Solo me quedan unas horas para dormir”.
“Mañana tengo que levantarme”.
“¿Por qué otra vez desperté a la misma hora?”
Y una interrupción breve puede convertirse en un problema cognitivo.
¿Y la idea de levantarse a orar?
Aquí ciencia y creencia deben permanecer en planos diferentes.
Si una persona despierta de madrugada y encuentra en la oración tranquilidad, recogimiento o sentido espiritual, esa es una experiencia personal legítima.
Pero la medicina no permite concluir que despertarse a las 3:00 constituya en sí mismo una señal espiritual.
Tampoco puede demostrar lo contrario, porque esa afirmación pertenece al terreno de las creencias y no es una hipótesis médica susceptible de diagnosticarse con un estudio del sueño.
Lo que sí puede estudiar la ciencia son mis horarios, cuánto duermo, cuánto tardo en volver a conciliar el sueño, qué consumo antes de acostarme, cuánto estrés experimento, si ronco, si tengo pausas respiratorias, si existe somnolencia diurna y cómo cambia todo eso con el tiempo.
Quizá debería dejar de mirar la hora
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Después de leer la evidencia, hay algo que sí me propongo observar.
No necesariamente las 3:11.
Sino todo lo demás.
El NHLBI recomienda llevar durante una o dos semanas un diario del sueño cuando existen dificultades recurrentes: anotar a qué hora uno se acuesta, cuándo despierta, si vuelve a dormir, si tomó café o alcohol, si hizo ejercicio y cómo se siente durante el día.
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Y quizá haya otro experimento todavía más sencillo:
despertarme y no mirar inmediatamente el reloj.
Porque tal vez una de las razones por las que recuerdo con tanta precisión las 3:11, las 3:22 o las 3:33 sea justamente que llevo tiempo entrenándome para buscarlas.