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Nacional

Agosto, ¿el mes más sísmico de la historia reciente?

En los primeros 15 días de agosto de 2026, grandes terremotos han golpeado Colombia e...

Los terremotos registrados en diferentes regiones durante agosto de 2026 han reavivado una pregunta: ¿está temblando más la Tierra o simplemente tenemos mayor capacidad para detectar y conocer cada sismo? Foto: Flickr / World Central Kitchen
Los terremotos registrados en diferentes regiones durante agosto de 2026 han reavivado una pregunta: ¿está temblando más la Tierra o simplemente tenemos mayor capacidad para detectar y conocer cada sismo? Foto: Flickr / World Central Kitchen
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Por Juan Jose Lopez |

En los primeros 15 días de agosto de 2026, grandes terremotos han golpeado Colombia e Indonesia, mientras El Salvador y otros puntos del planeta han registrado numerosos movimientos. ¿Estamos ante un período excepcional o ante una coincidencia que nuestra percepción amplifica? Los datos científicos obligan a hacer una pausa antes de sacar conclusiones.

El primer terremoto que recuerdo ocurrió en El Salvador en 1986.

Desde entonces, los terremotos se han convertido en una especie de hilo invisible que ha atravesado mi vida personal y profesional. En 2001 llegaron los dos grandes sismos que golpearon al país con apenas un mes de diferencia: el del 13 de enero y el del 13 de febrero. El primero ocurrió frente a la costa salvadoreña; el segundo tuvo su epicentro en tierra, en la zona de San Vicente.

En 2013 me tocó experimentar otro terremoto de una manera particularmente desconcertante: dentro de un elevador, entre los pisos cinco y seis del edificio Reforma 10, en Guatemala, donde funcionaba Publinews Guatemala, mientras dos pisos más arriba se encontraba la redacción.

Y en 2016 ocurrió algo diferente. Ya no se trataba solamente de sentir un terremoto, sino de caminar sobre sus consecuencias. Viajé durante una semana por el noreste de Ecuador después del terremoto de abril de aquel año, recorriendo lugares afectados como los que entonces formaban parte del paisaje de la tragedia.<

En casi cuatro décadas he sentido, cubierto y observado terremotos en distintos lugares.

Por eso, cuando agosto de 2026 comenzó a acumular terremotos importantes en distintos puntos del planeta, apareció una pregunta inevitable:

¿Está temblando más la Tierra?

La respuesta, sin embargo, no puede salir de la memoria.

Tiene que salir de los datos.

Dos terremotos que pusieron al planeta en alerta

El 10 de agosto, Colombia fue sacudida por un terremoto de magnitud 7.4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó. El Servicio Geológico Colombiano (SGC) estableció inicialmente una profundidad de 103 kilómetros y señaló que se trataba del sismo de mayor magnitud registrado en Colombia durante el siglo XXI. En las primeras horas, más de 12,000 personas de unos 900 centros poblados habían reportado haberlo sentido. El organismo también informó de réplicas posteriores.

El USGS, por su parte, sitúa el evento a unos 110 kilómetros de profundidad y explica que se produjo principalmente por un mecanismo de falla de rumbo dentro de una zona tectónicamente activa de Colombia.

Cinco días después, el 15 de agosto, otro gran terremoto sacudió Indonesia.

El BMKG, la agencia meteorológica, climatológica y geofísica de Indonesia, actualizó el evento a magnitud 7.7 y una profundidad de 15 kilómetros, con epicentro en el mar, unos 30 kilómetros al noreste de Nagekeo, en Flores. La institución emitió inicialmente una alerta por potencial de tsunami y posteriormente registró oscilaciones del nivel del mar en varios puntos, incluida una de 0.94 metros en Maurole-­Ende.

El USGS también clasifica el terremoto como magnitud 7.7, aunque con una profundidad calculada de 10 kilómetros.

Dos terremotos de magnitud superior a 7 en cinco días.

La coincidencia es suficientemente llamativa para despertar la atención.

Pero llamativa no significa necesariamente extraordinaria.

Y mucho menos significa que ambos acontecimientos estén relacionados.

El Salvador también tembló

Mientras Colombia e Indonesia ocupaban los titulares internacionales, El Salvador continuaba registrando actividad sísmica.

El registro del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) muestra, entre otros eventos, un sismo ocurrido el 13 de agosto a las 7:49 de la mañana, frente a la costa del Pacífico. El sistema salvadoreño mantiene un registro de los movimientos reportados y de aquellos que tienen posibilidades de haber sido sentidos por la población.

Hay aquí un detalle que puede parecer menor, pero que resulta fundamental para entender cualquier comparación histórica.

El MARN explica que anteriormente se reportaban únicamente sismos cuya percepción había sido confirmada. Posteriormente, el criterio pasó a incluir eventos que, por sus características y localización, podían haber sido sentidos.

Es decir: los números de hoy no necesariamente pueden compararse de manera directa con los números de décadas atrás sin revisar cómo fueron obtenidos.

¿Más terremotos o más capacidad para detectarlos?

Esta es probablemente la pregunta más importante de todo el reportaje.

El USGS calcula que ocurren varios millones de terremotos en el mundo cada año, aunque muchos no son detectados porque se producen en zonas remotas o tienen magnitudes muy pequeñas. Su Centro Nacional de Información Sísmica localiza actualmente alrededor de 20,000 terremotos anuales, unos 55 diarios.

Pero existe una diferencia enorme entre que ocurran más terremotos y que nosotros sepamos de más terremotos.

El propio USGS advierte que el aumento de los eventos registrados en los catálogos recientes no significa necesariamente un incremento de la actividad sísmica. Una parte importante del aumento se explica por la expansión y mejora de las redes de instrumentos capaces de detectar movimientos pequeños. También influye la velocidad con que hoy circula la información.

La Tierra no comenzó a temblar cuando llegaron los teléfonos inteligentes.

Lo que cambió radicalmente fue nuestra capacidad para enterarnos.

Hoy un terremoto ocurrido al otro lado del planeta puede aparecer en las pantallas de millones de personas segundos o minutos después de ser detectado.

Y esa exposición simultánea puede producir una impresión poderosa: que todos los terremotos están ocurriendo al mismo tiempo.

El calendario no conecta las fallas

Hay otra tentación que debemos evitar.

Cuando terremotos importantes aparecen separados por días y miles de kilómetros, es natural preguntarse si existe una relación.

Pero Colombia e Indonesia están inmersos en contextos tectónicos diferentes. Que dos grandes terremotos ocurran con pocos días de diferencia no constituye, por sí mismo, evidencia de que uno haya provocado el otro.

La investigación sísmica estudia cómo la ruptura de una falla puede modificar los esfuerzos en zonas cercanas y cómo un terremoto puede incrementar temporalmente la probabilidad de otros eventos en su entorno. Pero eso es muy diferente de afirmar que un terremoto en una parte del planeta haya desencadenado otro situado a miles de kilómetros. El propio USGS identifica precisamente la redistribución de esfuerzos como una de las cuestiones centrales de la investigación sobre los terremotos.

La geología tampoco funciona como una cadena de dominós planetaria.

Magnitud no es sinónimo de destrucción

Otro de los errores más frecuentes cuando hablamos de terremotos es reducirlos a una sola cifra.

Magnitud 5.

Magnitud 6.

Magnitud 7.

Pero esa cifra no cuenta toda la historia.

La profundidad importa. La distancia respecto de las poblaciones importa. El tipo de falla importa. Las características del suelo importan. La calidad de las construcciones importa. La preparación de las comunidades importa.

El terremoto colombiano de agosto ofrece un ejemplo especialmente útil.

Fue de magnitud 7.4, pero su foco estuvo a más de 100 kilómetros de profundidad, de acuerdo con las mediciones de los organismos sismológicos.

El terremoto de Indonesia, en cambio, fue mucho más superficial: BMKG calculó 15 kilómetros de profundidad.

Comparar únicamente los números 7.4 y 7.7 sería, por tanto, insuficiente.

Un terremoto no es solamente una cifra.

Es una ruptura en una falla, a determinada profundidad, debajo de una determinada geología y cerca —o lejos— de personas y construcciones.

El Salvador sabe que la magnitud tampoco lo explica todo

La propia historia sísmica salvadoreña lo demuestra.

El MARN incluye entre los terremotos locales más destructivos de la historia reciente al ocurrido en San Salvador el 10 de octubre de 1986 y al de San Vicente del 13 de febrero de 2001. También identifica al terremoto regional del 13 de enero de 2001 como el último gran sismo regional de elevada intensidad que afectó al territorio salvadoreño.

El 13 de enero de 2001 es particularmente importante para esta historia porque el terremoto ocurrió frente a la costa, mientras que un mes después el país volvió a ser golpeado por otro evento destructivo con características diferentes.

La experiencia de 2001 es una advertencia contra las explicaciones demasiado sencillas.

Dos terremotos.

Un mismo país.

Un intervalo de apenas 31 días.

Pero dos escenarios tectónicos diferentes y consecuencias distintas.

Ecuador: cuando el periodista deja de mirar el epicentro

En abril de 2016 viví otra dimensión del fenómeno.

El terremoto que golpeó Ecuador el 16 de abril tuvo una magnitud de 7.8. El Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional documentó desde las primeras horas reportes de percepción y daños especialmente importantes en la provincia de Esmeraldas.

Las semanas y meses posteriores mostraron además que un gran terremoto no termina necesariamente cuando desaparece el movimiento principal.

Las réplicas forman parte de la evolución de muchas secuencias sísmicas. El Instituto Geofísico ecuatoriano documentó posteriormente eventos que fueron considerados réplicas del terremoto del 16 de abril.

Recorrer aquella zona permitió comprobar algo que ninguna cifra transmite completamente:

el terremoto no termina cuando deja de moverse el suelo.

Continúa en las casas inhabitables, en las carreteras destruidas, en las familias desplazadas, en los comercios que no vuelven a abrir y en las comunidades que durante meses —y a veces años— intentan recuperar una normalidad que ya no es exactamente la misma.

Entonces, ¿es agosto el mes más sísmico?

Aquí es donde el periodismo debe resistirse a la tentación de ofrecer una respuesta rápida.

Todavía no podemos afirmarlo.

Tenemos dos terremotos de magnitud 7 o superior en los primeros 15 días del mes, además de numerosos movimientos sísmicos en diferentes regiones. Eso hace de agosto un período noticioso y científicamente interesante.

Pero para afirmar que es “el mes más sísmico de la historia reciente” habría que establecer primero una metodología comparable: qué magnitudes vamos a contabilizar, qué catálogo utilizaremos, qué período histórico compararemos, cómo trataremos las réplicas y qué significa exactamente “más sísmico”.

¿Más terremotos en total?

¿Más terremotos de magnitud 6 o superior?

¿Más de magnitud 7?

¿Más energía sísmica liberada?

¿Más terremotos destructivos?

¿Más víctimas?

Cada definición puede producir una respuesta diferente.

El catálogo mundial del USGS permite realizar búsquedas históricas por fecha, magnitud, profundidad, región y otras variables. Su archivo de terremotos significativos también permite consultar eventos históricos bajo criterios de relevancia sísmica.

Por eso, el título de este reportaje lleva una pregunta y no una afirmación.

Agosto, ¿el mes más sísmico de la historia reciente?

La respuesta debe construirla la evidencia.

Una Tierra que siempre estuvo en movimiento

Hay algo tranquilizador —aunque no necesariamente cómodo— en comprender la escala del fenómeno.

Los terremotos no son una anomalía de agosto de 2026.

Son una expresión permanente de un planeta dinámico.

Las placas tectónicas se desplazan, las fallas acumulan esfuerzos y, ocasionalmente, la energía almacenada se libera en forma de ondas sísmicas.

Lo extraordinario no es que la Tierra tiemble.

Lo extraordinario es que nosotros podamos vivir durante décadas sin que un terremoto transforme nuestro entorno.

Y cuando varios eventos importantes aparecen muy juntos en el calendario, nuestra percepción busca inmediatamente una explicación común.

La ciencia exige algo más difícil:

esperar los datos.

Lo que sí sabemos

Sabemos que Colombia sufrió el 10 de agosto el terremoto de mayor magnitud registrado en el país durante el siglo XXI, según el Servicio Geológico Colombiano.

Sabemos que Indonesia sufrió el 15 de agosto un terremoto de magnitud 7.7, según la actualización del BMKG, y que el evento generó una alerta de tsunami y mediciones de oscilaciones del nivel del mar en distintos puntos.

Sabemos que El Salvador continúa registrando actividad sísmica y que su red de monitoreo permite identificar y reportar eventos que podrían haber sido sentidos por la población.

Sabemos que los registros actuales son mucho más completos que los de buena parte del pasado.

Y sabemos algo todavía más importante:

no existe actualmente un método científico capaz de predecir con exactitud cuándo, dónde y con qué magnitud ocurrirá un terremoto.

El USGS señala que ninguna institución científica ha logrado predecir un gran terremoto y que una predicción tendría que establecer de antemano fecha y hora, ubicación y magnitud. Lo que sí puede calcularse son probabilidades para determinadas zonas y períodos.

Por eso, una sucesión de terremotos no permite anunciar que viene otro.

No permite hablar de una “señal”.

No permite decir que la Tierra está entrando en una etapa que pueda anticipar el próximo gran terremoto.

La verdadera lección

Después de casi 40 años de sentir terremotos y de cubrir sus consecuencias, la pregunta que queda no es solamente cuántos sismos ocurrieron en agosto.

Es qué hacemos con el conocimiento que tenemos.

Porque si la Tierra tiembla todos los días, la discusión verdaderamente importante no debería ser si podemos evitar el próximo terremoto.

No podemos.

La pregunta es si podemos reducir sus consecuencias.

Ahí el periodismo tiene una responsabilidad distinta a la de amplificar el miedo.

Explicar qué significa una magnitud.

Explicar por qué importa la profundidad.

Explicar qué son las réplicas.

Explicar qué puede y qué no puede predecir la ciencia.

Explicar por qué una alerta de tsunami no significa que necesariamente habrá una ola devastadora.

Y, sobre todo, recordar que la incertidumbre científica no equivale a peligro inminente.

Quizá agosto de 2026 termine siendo uno de los períodos sísmicos más activos de las últimas décadas.

Quizá los datos históricos demuestren que, aunque los titulares hayan sido extraordinarios, el mes está dentro de las variaciones normales de la actividad sísmica mundial.

Todavía no debemos escoger una de esas respuestas.

Primero hay que contar.

Después, comparar.

Y finalmente entender.

Porque después de tantos terremotos vividos, hay una certeza que permanece:

el suelo puede moverse en cualquier momento; nuestra comprensión no debería hacerlo.

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