Kim Jong-un fue reelegido secretario general del Partido de los Trabajadores de Corea durante la novena edición de su Congreso, un encuentro quinquenal que, más que un foro de debate, funciona como una demostración cuidadosamente escenificada de unidad y disciplina interna.
La Agencia Central de Noticias de Corea (KCNA) informó que la decisión se adoptó por la “voluntad inquebrantable y el deseo unánime” de miles de delegados, sin divulgar detalles sobre votaciones o deliberaciones. También se anunció una nueva composición del Comité Central, el principal órgano de poder tras el líder, con un relevo generacional que dejó fuera a figuras históricas del aparato político y militar.
Desde la muerte de su padre, Kim Jong-il, en 2011, Kim ha consolidado un control absoluto sobre el Estado, el Partido y las fuerzas armadas. Reformas constitucionales en 2019 formalizaron su condición de jefe de Estado con autoridad plena. A sus 42 años, ha ocupado el máximo cargo partidario bajo distintos títulos, adaptados en los congresos de 2016 y 2021.
El Congreso, celebrado en Pyongyang, sirvió para reivindicar el fortalecimiento del arsenal nuclear y la capacidad de disuasión frente a lo que el régimen considera amenazas externas. Según el comunicado oficial, el liderazgo de Kim ha permitido crear un ejército capaz de responder a “cualquier forma de guerra”, elevando el “orgullo” nacional pese a las sanciones internacionales.
Analistas prevén que Kim aprovechará el encuentro para fijar metas militares para los próximos cinco años, incluida una mayor integración entre fuerzas convencionales y capacidades nucleares. El evento se produce en un contexto de creciente acercamiento a Rusia y de intentos por reforzar la relación con China, mientras las relaciones con Washington y Seúl permanecen congeladas.
Corea del Norte suspendió la diplomacia significativa con Estados Unidos tras el fracaso de la cumbre de 2019 entre Kim y Donald Trump, en medio de desacuerdos sobre sanciones y desnuclearización. Desde entonces, el régimen ha endurecido su postura, llegando a definir a Corea del Sur como un Estado “hostil”.
Con este Congreso, Kim busca reafirmar su autoridad interna, reconfigurar la élite dirigente y proyectar hacia el exterior la imagen de un país decidido a profundizar su autonomía estratégica, incluso a costa de un mayor aislamiento internacional.