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Un dólar, un tamal y cero fronteras

Un dólar, un tamal y una historia que demuestra cómo la comida puede cruzar fronteras y conectar culturas.

El tamal trasciende fronteras y también se convierte en protagonista de historias que conectan a personas y culturas, incluso por apenas un dólar.
El tamal trasciende fronteras y también se convierte en protagonista de historias que conectan a personas y culturas, incluso por apenas un dólar.
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Por Juan Jose Lopez |

Hay gestos tan simples que terminan diciendo más que mil discursos. En noviembre de 2020, en las inmediaciones de la garita de Tecate, Baja California, un vendedor de tamales llamado René Peralta Márquez se acercó al muro que divide México de Estados Unidos. Del otro lado estaba un agente de la Border Patrol. Lo que ocurrió después se volvió viral y todavía hoy emociona.

El oficial pidió tamales. René, con la seguridad de quien conoce su producto, le respondió con una frase que ya es leyenda:

“Si no te gusta no me lo pagas… pruébalo primero”.

El agente aceptó. Probó el tamal a través de la reja, sacó un dólar y pagó. René continuó su camino gritando el clásico “¡Tamalitos, tamales!”.

Un momento que valió más que cualquier frontera

No fue un acto político. No fue una protesta. Fue simplemente dos personas haciendo su trabajo: uno vendiendo antojitos, el otro cuidando la línea divisoria. Y en medio de ambos, un tamal caliente que cruzó el acero como si las fronteras no existieran.

René no era la primera vez que les vendía a agentes de la migra. Según él mismo contó después, formaba parte de la rutina. Los compradores llegaban desde las cuatro de la mañana: locales, trabajadores, turistas… y de vez en cuando, oficiales del otro lado del muro.

Ese día, sin embargo, alguien grabó la escena. El video se esparció por TikTok, Twitter y medios de ambos países. Y de pronto, el mundo se detuvo un segundo a mirar algo muy mexicano: la capacidad de la comida para saltarse las reglas de la geopolítica.

Los tamales no piden pasaporte

Hay fronteras de concreto, de alambre y de acero. Hay muros que se construyen con presupuestos millonarios y discursos duros. Pero hay otras cosas que no entienden de límites: el olor a hoja de maíz, el vapor que sale de un tamal recién hecho y la frase generosa de quien confía en lo que vende.

Ese día en Tecate, un dólar y un tamal demostraron que, al menos por un instante, las diferencias migratorias, los uniformes y las rejas pueden quedarse de lado. Porque al final, un buen antojito mexicano sigue siendo más poderoso que cualquier frontera.

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Juan Jose Lopez

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