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Cultura

Una piscucha sobre San Salvador me devolvió a los octubres de mi infancia

Una pequeña piscucha que volaba sobre la Catedral Metropolitana de San Salvador despertó recuerdos de los años ochenta: batallas de coca, telegramas, zopilotes y aquellos octubres en que los cipotes salíamos a jugar con el viento.

Nahúm Ezequiel eleva una piscucha en la plaza Gerardo Barrios, frente a la Catedral Metropolitana de San Salvador, acompañado de su abuela, Rosa Emilia. Una escena que mantiene viva una tradición de los octubres salvadoreños. Foto: Juan José López / Publimetro El Salvador
Nahúm Ezequiel eleva una piscucha en la plaza Gerardo Barrios, frente a la Catedral Metropolitana de San Salvador, acompañado de su abuela, Rosa Emilia. Una escena que mantiene viva una tradición de los octubres salvadoreños. Foto: Juan José López / Publimetro El Salvador
Por Juan Jose Lopez |

Esta tarde de octubre, mientras caminaba por la plaza Gerardo Barrios, en el Centro Histórico de San Salvador, una pequeña piscucha que volaba sobre la Catedral Metropolitana me hizo detenerme.

Abajo, Nahúm Ezequiel, un niño de unos 11 o 12 años, manejaba el hilo acompañado de su abuela, doña Rosa Emilia.

—¿Qué está haciendo ahorita? —le pregunté.

—Elevando piscucha —respondió.

Era una escena sencilla, pero despertó recuerdos que creía lejanos: los octubres de mi infancia, cuando los vientos llenaban el cielo de piscuchas y las calles de cipotes que corríamos detrás de ellas.

Cuando octubre era sinónimo de piscuchas

En los años ochenta esperábamos octubre con entusiasmo. Fabricábamos piscuchas con papel de China, periódico o plástico. Algunas eran pequeñas; otras, enormes, a las que llamábamos zopilotes.

Encumbrarlas requería habilidad: conocer el viento, dar hilo, recogerlo y evitar que terminaran estrellándose.

También estaban las famosas batallas de echar coca, cuando cruzábamos los hilos para intentar cortar el del adversario. Utilizábamos hilo nailon número cinco, apreciado por su resistencia.

—De ese, porque ese no se revienta —recordamos durante mi conversación con doña Rosa Emilia.

Y cómo olvidar los telegramas: pequeños trozos de papel que colocábamos sobre el hilo para que el viento los llevara hasta la piscucha.

—¡Ah, se acuerda de los telegramas! —escuché.

Aquella expresión me confirmó que esos recuerdos no eran solamente míos.

Un niño que quiso fabricar su propia piscucha

Nahúm me contó que había intentado construir una piscucha con papel periódico, aunque no consiguió que le saliera.

Ese detalle me emocionó. No solamente estaba jugando: también había sentido curiosidad por fabricar algo con sus propias manos.

Cerca de nosotros, otros niños utilizaban enrolladores de madera que habían comprado por un dólar. Una pequeña inversión para disfrutar una tarde entera.

También observé a una estudiante de la Academia Nacional de Seguridad Pública enseñándole espontáneamente a una madre y su hija cómo elevar una piscucha.

Y conocí a don David Castillo, un señor de unos 80 años que formaba parte de aquella escena.

En pocos minutos encontré a distintas generaciones reunidas alrededor de una tradición que todavía conserva su encanto.

Una tradición que sigue volando

Las cometas tienen su origen en la antigua China, según el Museo Nacional del Aire y el Espacio del Smithsonian. Con los siglos llegaron a diferentes culturas, incluida la nuestra, donde desarrollamos expresiones tan propias como encumbrar, echar coca y mandar telegramas.

Recuerdo que, alrededor de 2003 o 2004, compramos a mis hijos cometas importadas con forma de delta. Eran distintas de aquellas piscuchas artesanales que construíamos cuando éramos cipotes.

Los materiales y diseños cambiaron, como también cambiaron las formas de entretenimiento.

No tengo estadísticas para afirmar que hoy se elevan menos piscuchas que antes. Pero sí recuerdo aquellos octubres en los que salir a jugar significaba correr detrás del viento.

Pienso especialmente en los salvadoreños que viven fuera del país. Quizá muchos todavía recuerdan su primera piscucha, las batallas de coca o las carreras para recuperar un zopilote que había perdido el hilo.

La memoria también necesita que alguien le dé hilo

Mientras me despedía de Nahúm y su abuela, comprendí que las tradiciones no necesitan grandes ceremonias para mantenerse vivas.

A veces basta un niño, una piscucha y una abuela que lo acompañe.

No sé si Nahúm recordará aquella tarde cuando tenga mi edad. Tampoco sé si algún día conseguirá fabricar su piscucha de papel periódico.

Pero hoy, sin proponérselo, consiguió algo extraordinario: mientras elevaba su pequeña piscucha sobre el cielo de San Salvador, me hizo regresar por unos minutos a los octubres de mi infancia.

Esta versión conserva la primera persona, los testimonios, el lenguaje salvadoreño y la nostalgia, pero elimina reiteraciones y detalles secundarios. El eje narrativo queda concentrado en Nahúm, los recuerdos de los años ochenta y la transmisión de una tradición entre generaciones.

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Juan Jose Lopez

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