Todo parecía formar parte del juego: imitaciones, sonidos y risas entre familiares. Sin embargo, la actitud de uno de los participantes cambia y termina retirándose. La escena plantea una experiencia bastante común: ¿por qué podemos disfrutar de una broma hasta que sentimos que las burlas ahora están dirigidas hacia nosotros?
La respuesta tiene mucho que ver con cómo interpretamos las señales sociales.
Por qué las burlas pueden dejar de sentirse como un juego
No es exactamente lo mismo reírse con alguien que percibir que los demás se están riendo de uno.
Una investigación publicada en The Journal of Social Psychology encontró que recordar situaciones en las que otras personas se habían reído de alguien de manera excluyente se relacionaba con mayor sensación de ostracismo, dolor social, peor estado de ánimo y mayor impulso de responder agresivamente.
La risa, además, funciona como una señal social potente. Dependiendo del contexto puede comunicar aceptación, pero también rechazo. Investigaciones sobre percepción de la risa han encontrado que las personas pueden interpretarla como una señal de amenaza social cuando sienten que está dirigida contra ellas.
Cuando cambia quién controla la broma
Parte de la diferencia está en la percepción de control.
Mientras una persona siente que participa voluntariamente del juego, puede disfrutarlo. Pero la experiencia puede cambiar cuando cree que se ha convertido en el centro de la diversión del grupo.
Ahí pueden aparecer emociones como vergüenza, incomodidad o enojo. La exclusión social, en términos generales, ha sido asociada precisamente con sentimientos de ansiedad, enojo y hostilidad.
Eso no significa que todas las personas reaccionen igual ni que toda broma resulte ofensiva.
Influyen la confianza entre quienes participan, el contexto, cuánto dura la situación, qué aspecto de la persona se convierte en motivo de risa y, sobre todo, cómo interpreta quien recibe la broma lo que está ocurriendo.
Por eso una reunión puede pasar de las carcajadas al silencio en cuestión de segundos: a veces no cambia la broma, sino la sensación de quien deja de sentirse parte de ella y comienza a sentirse su objetivo.