La fiebre del conejo, científicamente denominada tularemia, ha generado alertas sanitarias debido a su alta capacidad de contagio. Contrario a lo que sugiere su nombre popular, esta afección no tiene relación con temas de procreación, sino que es una infección bacteriana causada por la bacteria Francisella tularensis, que afecta principalmente a animales como liebres, roedores y, sobre todo, a los humanos a través de vectores como las garrapatas.
La bacteria es extremadamente infecciosa, bastando una cantidad mínima para provocar un cuadro clínico severo. El contagio ocurre comúnmente por la picadura de garrapatas, moscas del venado o por el contacto directo con tejidos de animales infectados. Asimismo, puede contraerse por la inhalación de partículas contaminadas o el consumo de agua y carne mal cocida.
Riesgos y síntomas de la fiebre del conejo
Los síntomas de la fiebre del conejo suelen manifestarse entre 3 y 5 días después de la exposición, aunque el periodo puede variar hasta los 21 días. Entre las señales de alerta destacan: fiebre súbita que puede superar los 39 °C, escalofríos, fatiga extrema, dolor muscular, inflamación dolorosa de los ganglios linfáticos y la aparición de úlceras en la piel en el punto de contacto.
La peligrosidad de esta enfermedad radica en su potencial letalidad si no se trata a tiempo, especialmente en sus formas neumónica y tifoidea. Además, la tularemia es considerada por organismos internacionales como un patógeno de alta relevancia que debe ser notificado obligatoriamente a las autoridades de salud ante cualquier sospecha de brote.
Prevención y tratamiento médico de la fiebre del conejo
Afortunadamente, la fiebre del conejo es tratable con antibióticos como la estreptomicina, gentamicina o doxiciclina. Un diagnóstico temprano es clave para asegurar la recuperación del paciente. Médicos especialistas recomiendan a quienes frecuentan zonas rurales, practican senderismo, cacería o jardinería, estar atentos ante cualquier síntoma inusual tras una exposición al aire libre.
Para prevenir el contagio, es fundamental utilizar repelentes con DEET, vestir ropa de manga larga y revisar la piel minuciosamente en busca de garrapatas tras actividades en el campo. Asimismo, se debe evitar el contacto directo con animales muertos o enfermos sin equipo de protección, lavarse las manos frecuentemente y asegurar la correcta cocción de los alimentos de origen silvestre.