Las imágenes capturadas tras el terremoto de 2001 no solo cumplieron una labor informativa, sino que se convirtieron en un motor de reconstrucción nacional. Un grupo de fotoperiodistas recorrió las zonas más afectadas, desde La Libertad hasta Usulután, documentando en rollos de película la cruda realidad de un país bajo escombros. Este esfuerzo permitió recaudar fondos para levantar pueblos enteros que la tragedia había borrado del mapa.
El trabajo documental subrayó que, a pesar de la destrucción masiva, el lente logró captar la unidad y el espíritu inquebrantable de los salvadoreños frente a la adversidad. Las fotografías trascendieron las salas de redacción, conmoviendo al mundo y mostrando la fuerza de quienes se unieron para ayudar en medio de la crisis.






Crónica del gran terremoto
La narrativa de Francisco Campos enfatiza que el fallecido Raúl Otero fue la pieza clave para que estas fotografías trascendieran las salas de redacción y llegaran a conmover al mundo entero. Campos asegura que el valor de estas imágenes reside en su capacidad de mostrar, más allá de la tragedia, la fuerza de las manos que se unieron para ayudar en medio de la crisis.
Veinticinco años después, sostiene que estas fotos siguen siendo un espejo de la resiliencia salvadoreña ante el terremoto. El aporte documental de Campos reafirma que, aunque el suelo tiemble, la voluntad de un pueblo unido y la documentación de su historia son los pilares que permiten levantarse una y otra vez ante los desafíos de la naturaleza.
Hoy, Francisco Campos recuerda este trabajo como un acto de amor hacia El Salvador, donde el fotoperiodismo fue la prueba de fuego para demostrar que la memoria colectiva es fundamental para enfrentar futuras amenazas sísmicas.








