En El Salvador, el alambre razor dejó de ser un simple material de construcción para convertirse en un símbolo del “autoencierro” al que la población se vio sometida durante décadas de violencia. Durante los años más críticos de criminalidad, estas cuchillas de acero se volvieron parte del paisaje cotidiano, representando una medida de seguridad desesperada ante el asedio de las pandillas. Sin embargo, esta barrera física era, en realidad, un recordatorio constante del temor; un sinónimo de una seguridad reactiva que no garantizaba la paz, sino que subrayaba la vulnerabilidad de las familias salvadoreñas en sus propios hogares.
Hoy, el panorama está cambiando drásticamente. En diversos sectores del país, se observa a ciudadanos retirando voluntariamente estas protecciones de sus muros, argumentando que ya no son necesarias debido a la mejora en la seguridad pública. Para muchos, este acto representa el fin de una era de terror y el inicio de una libertad que antes parecía inalcanzable, dejando atrás la falsa seguridad que brindaba el metal.
Nueva percepción de seguridad
Testimonios captados en video muestran a trabajadores y propietarios desmontando los rollos de alambre, señalando que dichas medidas pertenecían a épocas donde el robo y la extorsión eran la norma. “Ahora nos sentimos más seguros”, afirman residentes, quienes atribuyen este cambio a las políticas de seguridad implementadas por la actual administración, las cuales han permitido recuperar el control de los barrios y colonias que antes eran asediados.
A nivel subjetivo, la eliminación del razor implica un alivio para el salvadoreño; es pasar del miedo a la confianza en el entorno. Al remover estas cuchillas, se está desmantelando también el símbolo de una sociedad que vivía prisionera de su propia defensa, permitiendo que la verdadera seguridad florezca sin necesidad de muros coronados por alambre.